10 de julio de 2009


Uno siempre intenta echarse la culpa a si mismo cuando realmente no hay justificativos ni respuesta de la persona que ama. Siempre en el momento que las cosas no funcionan por motivo X el ser humano se vuelve vulnerable a todo lo que queda en blanco y así busca sus propias conclusiones. Pero...¿quién nunca dijo él no tiene la culpa de que yo lo quiera tanto? Capaz no tiene la culpa, pero el dilema surge cuando uno mismo se cuestiona ¿Por qué? ¿Por qué me dijo eso? ¿Por qué me ilusionó? Y lo más triste es que él no lo entiende, o no lo quiere entender. Se me hace complicado vivir siempre con ese gramo de esperanza, esa certeza de que algún día voy a encontrarlo de casualidad en el lugar menos pensado y de hecho cuando voy caminando sola por cualquier calle que me recuerde a él intento sonreír o parecer lo más alegre posible por si a caso, lo llegara a "encontrar". Sólo hay que dejarlo ser, porque el que se va sin que lo echen vuelve sin que lo llamen y llamándolo me dí cuenta como se va alejando cada vez. Y son tantas las dudas que me dejan sin sueño cada noche, que desarman cada palabra que dijo o cada gesto. Apoyo la cabeza en la almohada y vuelvo a esa tarde de marzo donde pongo play y paro en el beso más hermoso que me pudo haber dado y revovino una y otra vez y así sucesivamente hasta poder sentirlo de nuevo. Algo me llena de fuerza siempre, algo en sus ojos y no lo entiendo. Mirándolo me transmitía esa vergüenza, esa inocencia, esa euforia que tanto se apoderaba de mí y me hacía reaccionar de la manera loca que lo amaba. Y aunque me haya demostrado que se fue para no volver, hoy sé que lo quiero más